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Siete principios para una enseñanza inteligente

Los hallazgos de las investigaciones en la ciencia del aprendizaje nos retan a repensar nuestra práctica docente en función de los aprendizajes de nuestros estudiantes. En el libro Cómo funciona el aprendizaje: siete principios basados en la investigación para una enseñanza inteligente [1], que ha motivado varios Clubes de lectura del Centro de Excelencia Docente y Apoyo al Aprendizaje (EXDA), los autores presentan siete principios funcionalmente inseparables basados en evidencia científica relevante que resultan de gran utilidad para refinar la enseñanza universitaria. Estos principios son explicados en un lenguaje sencillo y acompañados de consejos prácticos que permiten su fácil comprensión y aplicabilidad inmediata, tendiendo así un puente entre la teoría y la realidad del aula.

 

Principios para motivar aprendizajes profundos y duraderos en los estudiantes

 

Cualquier conjunto de principios de aprendizaje se desprende de su definición y comprensión. Ambrose et al. (2017) definen el aprendizaje como un proceso que lleva a un cambio (en el conocimiento, creencias, conductas y actitudes) que ocurre como resultado de la experiencia del aprendiz e incrementa la posibilidad de un desempeño mejorado. Basados en esta idea, los autores proponen orientar la enseñanza a la luz de los siguientes principios:

  1. El conocimiento previo de los estudiantes puede apoyar u obstaculizar el proceso de aprendizaje toda vez que para aprender los estudiantes conectan la nueva información con lo que ya saben. Este conocimiento podría ser correcto, completo y apropiado para el contexto, o bien, erróneo, insuficiente o inapropiado para apoyar el nuevo aprendizaje. Por tanto, el grado en el que los estudiantes serán capaces de usarlo de forma efectiva dependerá tanto de su naturaleza como de la habilidad del docente para conducirlo. En este orden de ideas, resultará crítico evaluar el conocimiento previo antes de iniciar un curso o tema.
  2. La forma en que los estudiantes organizan el conocimiento influye en cómo aprenden y aplican lo que saben. La organización del conocimiento entre novatos (estudiantes) y expertos (docentes) difiere en el grado en el que éste está disperso o interconectado o por el nivel de profundidad de las conexiones que permite establecer. Como instructores debemos cuidar que el modo en que los estudiantes organicen el conocimiento les resulte útil para desarrollar las actividades propuestas en el curso. Si no existe correspondencia, conviene entonces proporcionarles las estructuras o esquemas de organización que requerirán o que les enseñemos a extraer los principios relevantes de lo que están aprendiendo y modelemos la forma en la que recurrimos a estos para desarrollar las tareas específicas.
  3. La motivación de los estudiantes determina, dirige y sostiene lo que hacen para aprender. La importancia de una meta, las expectativas sobre la posibilidad de alcance de dichas metas y las percepciones que tenemos del ambiente del curso son dimensiones que pueden afectar sustancialmente la motivación de un estudiante para aprender. “El marco para entender la motivación sugiere que, si una meta es valorada, las expectativas para el éxito son positivas y el ambiente de aprendizaje es propicio, la motivación será mayor” (Ambrose et al., 2017).
  4. Para desarrollar el dominio, los estudiantes deben adquirir habilidades, practicar su integración y saber cuándo aplicar lo que han aprendido. Realizar tareas complejas puede ser cognitivamente demandante para los estudiantes que están aprendiendo algo. Por tanto, los profesores debemos tener expectativas razonables en cuanto al tiempo y la práctica que estos necesitan para realizar las actividades propuestas en el aula. Resulta útil dividir tareas complejas en subtareas sencillas y permitir la práctica de las habilidades adquiridas bien sea por separado o de forma integrada.
  5. La práctica orientada a metas y la retroalimentación objetiva son fundamentales para el aprendizaje. La práctica y la retroalimentación deben estar centradas en las mismas metas de desempeño. Debemos otorgar a los estudiantes suficientes oportunidades para practicar sus habilidades con nivel apropiado de desafío. Sobre la base de su desempeño, ofrecer retroalimentación y permitir oportunidades de práctica posterior para incorporar las recomendaciones realizadas.
  6. La etapa de desarrollo en la que se encuentran los estudiantes interactúa con y en el contexto en que se desarrollan para impactar el aprendizaje. El ambiente que creamos en el aula tiene implicaciones en los aprendizajes y desempeños de nuestros estudiantes. Por tanto, las estrategias pedagógicas que implementamos deben reflejar el entendimiento holístico de sus procesos de desarrollo y contextos.
  7. Para convertirse en aprendices autodirigidos, los estudiantes deben aprender a monitorear y ajustar sus enfoques acerca del aprendizaje. Si esto se logra, los estudiantes podrán evaluar sus propias fortalezas y oportunidades de mejora y así ganar habilidades intelectuales para mejorar cada vez más su desempeño. No obstante, es importante reconocer que estas habilidades metacognitivas requieren de una instrucción cuidadosa para llegar a ser cultivadas.

Sin duda alguna, entender estos siete principios expanden nuestra comprensión sobre el aprendizaje. Destacan su naturaleza procesual y multinivel; su intersección con otros procesos de desarrollo en la vida del estudiante, y el grado en el que se involucran y comprometen con su proceso formativo. Estos principios fundamentan nuestra práctica porque constituyen un modelo de aprendizaje que habilita una mejor toma de decisiones sobre lo que debe privilegiarse al planificar, desarrollar y evaluar nuestra forma de enseñar.

 

 

[1] Ambrose, S. A., Bridges, M. W., Di Pietro, M., Lovett, M. C., Norman, M. K., Mayer, R. E., & Mendoza, O. G. (2017). Cómo funciona el aprendizaje: Siete principios basados en la investigación para una enseñanza inteligente (1st ed.). Editorial Universidad del Norte.

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