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Blog de Ciencias Sociales y Humanidades

No es la objetividad, es la forma de contar el hecho

No es la objetividad, es el forma de contar el hecho

Por: Óscar Durán, profesor del programa de Comunicación Social de la UTB 

 

Imaginemos un accidente de tránsito. En la carretera están las huellas de unos neumáticos, lo que nos hace suponer que antes de la colisión los vehículos frenaron bruscamente. Uno de los testigos muestra una mancha de sangre que connota la eventualidad de que haya habido, por lo menos, algún herido. Ya los carros no están en el lugar. Y salvo la versión de aquel ciudadano colaborador, lo que tenemos son apenas indicios. ¿Cómo empezamos a armar el rompecabezas? Buscando las demás piezas donde estas pueden estar, vale decir, la morgue, el hospital más cercano, los socorristas de la ambulancia que transportaron a los lesionados, la policía que atendió el caso, los otros pasajeros de los automotores. Cuando tenemos todas esas versiones que, juzgamos, son las convenientes para el relato, reportamos. Solo, entonces, la ciudadanía que no estuvo en el sitio se enterará de que hubo un accidente, con los detalles que seamos capaces de entregar.

En la práctica ocurrieron dos cosas: una, el periodista actuó como un observador de segundo nivel, en tanto dependió de lo que otros vieron para contar la historia; dos, la sociedad dependendió del reportero para configurar las imágenes del suceso. Ahora bien: ¿qué elementos mediaron en la observación de cada uno de los sujetos que sirvieron de fuentes a la información? Cada ciudadano, con las experiencias vividas, las prevenciones naturales, las limitaciones de la ocasión o, por qué no, los intereses creados, tuvo en la mente su propio accidente.

 

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Es lo que Alfred Shutz, el gran introductor de la fenomenología, llamaba el “mundo de la vida”, esa especie de región en la que el hombre puede intervenir y modificar mientras opera en ella; y que Jürgen Habermas conformó con: la cultura, que le agrega contexto; las pautas que la sociedad le aporta, y el propio modo de ser de los individuos. Por ejemplo: si uno de los conductores involucrados en el accidente trastabilló al bajar de su vehículo o arrastró un poco la voz, seguramente manejaba en estado de embriaguez. Una posibilidad es que el golpe lo haya dejado en ese estado, pero otra, sin duda, es el referente del alcohol que la ciudadanía, por cuenta de los propios medios de comunicación o su morbo natural, tienen o buscan entre las causalidades de la accidentalidad. El señor podría no estar ebrio, pero si lo vieron en la condición referida, hasta pudieron describir el tufillo de cerveza asentada.

Cuando afloran preguntas como, quién tuvo la culpa, ahí sí las versiones se vuelven diversas. Un amigo español que vivió varios años en Cartegana, se vio implicado en una colisión con un taxi de servicio público. De inmediato, el sitio se llenó de curiosos. Y entre todos empezó una discusión ruidosa sobre la responsabilidad que trataban de endilgar, como fuera, al pobre taxista, en protección del extranjero que, a saber por qué, despertaba entre ellos una repentina solidaridad. La ironía es que ese amigo buscaba abrirse paso en la pelea para decir que el culpable era él, pero nadie lo escuchó. Lo que el científico Humberto Maturana sostiene es que, en principio, operamos bajo la suposición implícita de que estamos dotados de racionalidad. En ese sentido, la entidad observada viene de la nada. Como cuando nosotros mismos somos los conductores y de repente pasa a nuestro lado un vehículo que no habíamos visto en la última mirada al retrovisor. ¿De dónde salió ese tipo? ¡El famoso punto ciego! Pero, evidentemente, la asunción del sobrepaso tiene que ver con lo que hayamos vivido o no con eventos anteriores de las mismas características.

 

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No nos damos cuenta, pero lo que hacemos es verter nuestra experiencia sobre la explicación de la experiencia. Como observadores, sin embargo, también estamos dotados de irracionalidad. El semáforo está en rojo pero un poco de adrenalina no le cae mal a nadie; el cruce está prohibido pero la virgen de los infractores nos protegerá. Digamos que son actos irracionales que no nos hace tales íntegramente, pero sí algo de ello. En ambos casos hay un mundo válido, que se vuelve trascendente cuando lo asumimos como cierto a la hora de contar lo sucedido.

Fijémonos, entonces, en la ecuación que hace Maturana: observación-decantación-relato. Al decir “decantación” se remite al sujeto que media, esto es, el periodista, que vendría a ser un observador de observadores con las mismas u otras lógicas o dislates de estos. La imagen del accidente pasa también por el retrato del comunicador, que si bien no estuvo en el lugar de los hechos, los reconfigura a partir de lo que otros le dijeron y cree, con la misma certeza de los expositores previos, que sucedieron como él los asumió. Entonces presenta el relato. Y las audiencias se imaginarán el accidente con las características que escuchó, vio y leyó.

Tenemos que decir, en consecuencia, que la realidad no es otra cosa que un fenómeno emergente de la explicación que hace el periodista a través del lenguaje. Y como esa ilustración empieza a pasar de boca en boca entre los comentaristas, bien en las conversaciones o esas tertulias sin ojos que son las redes sociales, tanto la explicación subjetiva como la realidad que expone son fenómenos dinámicos y constantes. La subjetividad que el esfuerzo de los objetivistas quiso matar, goza de muy buena salud.

Eso es lo que, en esencia, tratan de inculcar las clases de Manejo de Fuentes, Noticia y Entrevista y Crónica y Reportaje. Con los insumos acumulados por mis años de trabajo y estudio en la academia, estas asignaturas conducen a los estudiantes por los lenguajes naturales de la narrativa periodística. Se trata de un ejercicio vital que reivindica el rigor y la estética; la precisión y la belleza, orillas que hay que juntar en el mismo abrazo.

Sin perder de vista que se trata de aproximaciones válidamente sesgadas, los estudiantes se remiten, primero, a los prismas que van configurando la realidad, y luego a las maneras de relatarlos. Por ello se definen y detallan conceptos que guiarán a los periodistas aprendices en las técnicas narrativas básicas y evolucionadas, y a los experimentados, por caminos que la rutina les ha podido extraviar.

En eso radica el reto de recordar hoy, en el Día Internacional del Periodista, de qué se habla cuando se habla objetividad.

 

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