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El costo invisible de Rappi, domicilios y apps

Escrito por: Angela Lucia Barrios Rengifo, estudiante de Finanzas y Negocios Internacionales.

Hace unos años, pedir comida a domicilio era algo ocasional. Hoy, en cambio, basta con sacar el celular, abrir una aplicación y comprar literalmente con un solo clic. Todo ocurre tan rápido que casi no hay tiempo de pensar realmente en cuánto dinero estamos gastando.
Y creo que ahí está el verdadero problema.
Mi nombre es Andrés, tengo 24 años y esta es la historia de cómo entendí que muchas veces no estaba pagando únicamente por comida, sino también por comodidad, inmediatez y hábitos que las aplicaciones y las redes sociales terminaron creando en mí sin que me diera cuenta.
Todo empezó durante una etapa bastante pesada de la universidad. Entre trabajos, clases y cansancio, cocinar comenzó a sentirse como una obligación más del día. Entonces aparecía la solución “rápida”: abrir Rappi, pedir algo y esperar.
Y honestamente, al principio parecía perfecto.
Estaba cansado.
No quería salir.
No quería cocinar.
Y en menos de 40 minutos tenía comida en la puerta de mi apartamento.
Además, las redes sociales también hacían lo suyo. Entraba a Instagram o TikTok y veía videos de personas probando hamburguesas gigantes, promociones, cafés “imperdibles” o restaurantes nuevos. Todo se veía tan fácil y tan antojable que terminaba entrando a las aplicaciones incluso cuando no tenía tanta hambre.
Sin darme cuenta, pedir domicilios dejó de ser algo ocasional y se convirtió en costumbre.
Primero fue una pizza un fin de semana.
Después un café porque había descuento.
Luego un postre porque aparecía recomendado.
Y poco a poco empecé a normalizar gastar dinero cada vez que sentía hambre, pereza o simplemente aburrimiento.
Lo peor es que las aplicaciones están diseñadas para que comprar sea casi automático.
Te muestran promociones por tiempo limitado.
Te envían notificaciones.
Guardan tus métodos de pago.
Y literalmente puedes gastar dinero en segundos sin sentirlo realmente.
No sacas efectivo.
No ves cuánto dinero entregas.
Solo presionas un botón y listo.
Recuerdo que una noche revisé mi cuenta bancaria porque sentía que el dinero no me estaba alcanzando. Pensé que tal vez había hecho una compra grande que no recordaba, pero no era eso.
El problema eran todos esos pequeños pedidos que hacía constantemente.
20 mil aquí.
30 mil allá.
Un domicilio más otro “antojito” adicional.
Y aunque individualmente parecían gastos pequeños, juntos representaban muchísimo dinero al final del mes.
Ahí entendí algo importante:
muchas veces no estaba pagando por necesidad, sino por comodidad.
Nos acostumbramos tanto a las soluciones rápidas que comenzamos a justificar cualquier gasto con frases como: “No tengo tiempo”, “Me lo merezco”, “Solo será hoy”.
Pero ese “solo hoy” termina repitiéndose demasiado.
No estoy diciendo que pedir domicilios sea algo malo. De hecho, todavía uso aplicaciones. Hay días donde realmente ayudan muchísimo. El problema aparece cuando dejamos de pensar antes de comprar y convertimos el gasto impulsivo en parte de nuestra rutina.
Después de darme cuenta de eso, empecé a cambiar pequeños hábitos. Cocinar más en casa, organizar mejor mis comidas y preguntarme antes de pedir algo:
—“¿Realmente quiero esto o solo estoy buscando la opción más fácil?”
Y honestamente, eso cambió bastante mi relación con el dinero.
Porque entendí que el verdadero costo invisible de estas aplicaciones no siempre está en el precio de la comida.
Está en lo fácil que se volvió gastar dinero sin detenernos siquiera a pensarlo.

 

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