Alfonso Enrique Núñez Nieto, gerente general de la Refinería de Cartagena, estuvo de invitado en la ceremonia No. 83 de los grados de pregrado de la Universidad Tecnológica de Bolívar. El siguiente es el discurso que pronunció ante los presentes:
Doctor Alberto Roa Varelo, Rector de la Universidad Tecnológica de Bolívar; Doctor Andrés Marrugo, Vicerrector Académico; señores decanos, directores de programa, profesores, personal administrativo; familias presentes en este auditorio; y, sobre todo, ustedes, los 354 graduandos de hoy.
Es un honor estar aquí. No solo como Gerente General de la Refinería de Cartagena, sino como un orgulloso Utebecista que entiende lo que significa este momento. Porque cada uno de ustedes acaba de cerrar un capítulo que su familia, su barrio y su ciudad celebran en silencio detrás de cada diploma.
El mito de Dédalo e Ícaro
Quiero comenzar con una historia de hace más de tres mil años.
En la Creta antigua existió un hombre llamado Dédalo. No era rey, no era guerrero, no era dios. Era ingeniero. El primero del que la memoria griega guardó nombre. Construyó para el rey Minos un laberinto tan complejo que ni el propio Dédalo, una vez dentro, podía encontrar la salida. Y Minos, temeroso de que revelara sus secretos, lo encerró con su hijo ícaro en una torre rodeada de mar. Sin barcos. Sin caminos. Sin escape posible.

Dédalo, siendo ingeniero, hizo lo que hace un ingeniero cuando el mundo le cierra todas las puertas: miró hacia arriba. Observó las gaviotas. Recogió plumas durante meses. Las unió con cera. Y construyó, para él y para su hijo, el primer par de alas que la humanidad había imaginado.
Antes de saltar de la torre, Dédalo le dio a Icaro una sola instrucción: no vueles muy bajo, porque la humedad del mar pesará tus alas; no vueles muy alto, porque el sol derretirá la cera. Vuela en el medio, hijo. Vuela conmigo.
Y saltaron.
Hoy yo los miro a ustedes, y veo a 354 icaros con alas recién terminadas. Las alas las construyeron entre muchos: la UTB, sus profesores, sus familias, ustedes mismos con noches de estudio, con algunos tropiezos, caídas. Lágrimas, alegrías, carcajadas y victorias, y algunos hasta enfrentaron la cruel pandemia. Esas alas funcionan. La pregunta no es si pueden volar.
La pregunta es: ¿qué tan alto se atreven a llegar?
Cuatro mensajes para esta nueva etapa
1. Sus límites son mentales. El 6 de mayo de 1954, un médico inglés llamado Roger Bannister corrió una milla en 3 minutos y 59 segundos. Durante décadas, los fisiólogos más respetados del mundo habían afirmado que era imposible: que el corazón humano no podía sostener ese ritmo, que había una barrera física infranqueable. Bannister la cruzó. Y en los doce meses siguientes, otros dieciséis atletas también lo lograron. La barrera no era física: era mental. Hoy el récord está en 3 minutos con 43 segundos. Lo que hoy llaman imposible en su industria, en su empresa, en su país, casi nunca lo es. Es solo una creencia que nadie se ha atrevido a desafiar todavía. Sean ustedes los que corran primero esa milla.
2. Si tienen miedo, ahí es. Háganlo con miedo, pero háganlo. He visto profesionales brillantes paralizados, esperando el momento en que el miedo se vaya antes de actuar. Y les tengo una mala noticia: ese momento no llega. El miedo no desaparece con los años, ni con los títulos, ni con los cargos. Yo aún lo siento antes de cada decisión grande. Lo que cambia con el tiempo no es la ausencia de miedo: es la relación que uno construye con él. El miedo no es una señal de que deben detenerse. Casi siempre es una señal de que están a punto de cruzar un umbral que importa. Háganlo con miedo. Pero háganlo.

3. Tengan presente quién empaca su paracaídas. Charles Plumb fue piloto de la Marina de los Estados Unidos durante la guerra de Vietnam. Después de setenta y cinco misiones, su avión fue derribado. Se eyectó. El paracaídas se abrió. Sobrevivió. Años después, ya retirado, estaba en una cafetería cuando un hombre se le acercó y le dijo: yo empaqué su paracaídas. Plumb no recordaba su cara. Nunca había bajado a la cubierta inferior del portaaviones donde marineros anónimos doblaban con cuidado quirúrgico la tela de la que dependerían las vidas de los pilotos.
Cada uno de ustedes está aquí porque alguien empacó su paracaídas. Sus padres, sus madres, los profesores que se quedaron después de clase, el conserje que les abrió el aula a las siete de la mañana, el compañero que les pasó los apuntes la semana que se enfermaron. Cuando lleguen alto, no olviden que muchos paracaídas se empacaron sin que ustedes los vieran. Y aprendan, desde hoy, a empacar el paracaídas de otros.
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4. Nunca olviden su alma mater. Esta universidad no es un edificio que ustedes ya van a dejar. Es una madre simbólica —eso significa alma mater— y como toda madre, los crió, los corrigió, los formó, y ahora los suelta. Pero los sigue mirando. La UTB es parte de Cartagena, y Cartagena los necesita. Necesita profesionales que no se vayan, o que si se van, vuelvan. La gratitud con su alma mater no se demuestra con discursos: se demuestra volviendo a dictar una clase, mentoreando a un estudiante, contratando a un egresado. Una universidad no termina cuando uno se gradúa. Apenas empieza a deberle.
El regreso a ícaro
Hace un momento les conté que Dédalo e Ícaro saltaron de la torre. Pero no les conté el final.
Ícaro voló. Y al sentir las alas funcionar, al ver el mar Egeo abrirse infinito a sus pies, hizo lo que hace cualquier joven que descubre que puede: subió. Subió más. Subió más alto de lo que su padre le había advertido. El sol derritió la cera. Las alas se deshicieron. E Ícaro cayó al mar.
Durante siglos, esa historia se contó como una advertencia: no seas soberbio, no vueles tan alto. Pero hoy, frente a 354 graduandos, yo les quiero proponer otra lectura.
Icaro no se equivocó por volar alto. Se equivocó por volar solo. Su padre le había dicho una sola cosa: vuela conmigo. Y en el momento de la euforia, lo olvidó. Olvidó al ingeniero que había construido las alas. Voló como si solo dependiera de él. Y por eso cayó.
Ustedes hoy reciben sus alas. Funcionan. Los van a llevar lejos. Algunos van a volar muy alto. Y eso está bien: para eso construimos alas en la UTB, no para volar a media altura. El sol no es el enemigo. Lo único que les pido es que no vuelen solos.

Vuelen con la memoria de quien empacó su paracaídas. Vuelen con esta ciudad amurallada que los vio crecer. Vuelen con su alma mater. Y cuando el miedo aparezca —porque va a aparecer, recuerden que está bien tenerlo, que sus límites no son del cuerpo sino de la cabeza, y que alguien, en algún lugar, está empacando para ustedes un paracaídas que algún día les va a salvar la vida sin que se enteren.
Felicitaciones a los 354 graduandos. A las familias, sustento invisible de este logro. A los profesores, que hoy también se gradúan. Y a la Universidad Tecnológica de Bolívar, por seguir formando los profesionales que esta región necesita.
Vuelen alto. Pero no vuelen solos.