Los habitantes de este corregimiento a las afueras de Cartagena están cansados del mal servicio de transporte de la empresa Pemape. A pesar de protestas, llamados de atención y denuncias, la situación sigue igual o peor que antes.

Paula no se cansó de estudiar, se cansó del transporte. Durante años aprendió que salir de Punta Canoa significaba mucho más que tomar un bus. Significaba madrugar, correr contra el tiempo y muchas veces terminar el viaje en la Y, el punto donde la ruta se detiene, pero el camino a casa aún continúa.
Mientras la ciudad dormía, Paula Guerrero Gaviria se levantaba para poder ir a estudiar. Vive en Punta Canoa y al ser un corregimiento que en transporte público queda a dos horas de la ciudad, debía empezar su día mucho antes que la mayoría. Si entraba a la universidad a las 7 de la mañana, se levantaba a las 4:00 a.m. para estar lista y, a las 4:40 a.m., caminar hasta el turno para intentar tomar el bus, ese que muchas veces no llega o se demora más de lo habitual.
Con el sol todavía dormido, emprendía su viaje hacia la ciudad. A las 6:20 de la mañana llegaba a Patio Portal, donde se subía a su primer Transcaribe del día, el A102, que la dejaba en la puerta de la universidad.
En la mañana el problema era mínimo; solo corría a veces cuando el bus entraba tarde o se demoraba mucho en el trancón de la terminal. La vuelta a su casa era el verdadero problema. Si Paula salía a las 5 de la tarde de la universidad, corría apenas el profesor decía “eso es todo por hoy, muchachos” para poder tomar su segundo Transcaribe del día, otro A102, que entre trancones y fallas técnicas del buseton perdía una hora o más.
A las 6 de la tarde llegaba nuevamente a Patio Portal, donde tomaba su tercer Transcaribe del día, un T100E, para poder llegar hasta el centro. Luego corría por las inmensas casas de colores para poder tomar su segundo bus del día, ese que ni siquiera la llevaba hasta su casa, porque antes de llegar a Punta Canoa hay un lugar llamado “la Y” que divide a Punta Canoa de los corregimientos de Pontezuela y Bayunca. A las 7:30 u 8 de la noche, ese era su lugar de destino.
Seis transportes al día
Sin importar la oscura noche o lo solitario del lugar, donde muchas veces robaban o era refugio de personas de calle, a esa hora Paula tomaba su sexto transporte del día o de la noche, si contaba con la suerte de que hubiera mototaxis en la Y. No importaba si Paula era menor de edad, si era mujer o niña, si estaba sola o acompañada, incluso si era más temprano. Aunque el bus tiene la obligación de entrar hasta las 7:30 p.m., incluso si eran las 12 del mediodía, el bus siempre la dejaba ahí.
Las excusas se repetían una y otra vez: “el bus que viene atrás sí entra”, “estamos varados”, “eso está muy lejos”. El sparri y el conductor del bus que venía detrás decían lo mismo y el que seguía también. Así, hasta que a Paula no le quedaba más opción que pagar un mototaxi, tuviera o no dinero, porque el bus entrara o no se debía pagar.

Turno en mal estado
El humo, la humedad y las malas condiciones del “turno” son visibles incluso si no has llegado al lugar. Ahí es donde los buses y los conductores reposan después de una vuelta por la ciudad. Pero que, poco a poco, por la falta de disciplina de PEMAPE, se ha convertido en una estación de espera.
Los buses tienen la obligación de entrar al pueblo a recoger a los pasajeros que van a salir a la ciudad amurallada, pero muchos hacen caso omiso a lo que deberían hacer y se quedan ahí, esperando a los que necesiten ir a Cartagena, porque su lógica es que, si necesitan el servicio, deben caminar hasta donde ellos estén, incluso si te pones a oler a humo porque las cocineras del turno cocinan a carbón, incluso si los trabajadores y estudiantes ensucian su limpio uniforme porque ahí mismo lavan los buses y un charco de barro rodea el lugar, e incluso si debes esperar bajo el arduo sol porque el pequeño cuartico que parece estar cayéndose no alcanza para tanta gente.
Eso no es nada comparado a cuando vienen de la ciudad y tampoco quieren entrar al pueblo a dejar a sus pasajeros dentro del pueblo y todos se deben bajar con un sol tan caliente que quema y un calor más insoportable que los pesados bultos que deben cargar hasta sus casas. Ni hablar de los horarios que ellos mismos se ponen y de lo perjudicados que salen los habitantes de Punta Canoa.

Muchas denuncias y reclamos después, se llegó a una conclusión junto con el tránsito: establecer dos rutas, una que entrara al pueblo y otra que no. Sin embargo, la medida solo funcionó durante una semana y la situación volvió a empeorar. En 2022, en conversación con El Universal, una habitante de Punta Canoa relató lo que estaba ocurriendo con los buses: “Me dijeron que ese bus no era el que entraba, sino el que venía detrás. Esa, según dijeron, fue una regla que dio el supervisor de los reguladores y la están aplicando desde hace un mes. Por más que insistí, me tocó bajarme y esperar. Cuando llegó el otro bus me dijeron lo mismo, que ellos no entrarían allá”.
Ahora estamos en 2026 y la situación con los buses de PEMAPE sigue igual, cuatro años después. Adriana Serrano, habitante de Punta Canoa, cuenta cómo a la 1 de la tarde dejan a los pasajeros en la Y, con bultos, enfermos, personas de tercera edad y menores de edad, teniendo que tomar una moto que cuesta 7 mil pesos, además de los 4.600 que ya pagaron por el bus hasta Punta Canoa.
“Se estableció a través de la ruta PEMAPE y el tránsito que un bus entra y el otro no. Ni siquiera con esa condición ellos entran. A mí me ven en el centro donde trabajo, me reconocen y le dan más duro al bus para no dejarme montar y no tener que entrar. Si alcanzo a montarme, el sparri viene por todo el camino estrilando y diciendo groserías. Me dejan botada en la Y a esperar el que supuestamente sí va a entrar y pasan hasta tres buses y ninguno entra”, mencionó Adriana Serrano Gómez, habitante afectada de Punta Canoa.
Más problemáticas
“Hay 15 buses que deben circular todos los días, pero casi siempre están arreglando algunos”, dijo Luis Manuel García, conductor de PEMAPE. Circulan en toda la zona norte y, al ser tan pocos para tanta gente, los buses siempre están llenos, al punto de que hay personas colgadas en la puerta del bus. Incluso se ha evidenciado que algunas se han caído por ir en la puerta.
“Esta ruta es más usada por gente de Punta Canoa y Bayunca. Aunque Bayunca tenga su propia ruta, ellos se montan en PEMAPE y cuando llegan a la Y pelean para que no entre a Punta Canoa, sino que vaya directo a Bayunca y, como son mayoría, ganan. Aunque les toque entrar, hacen lo que se les da la gana con el pasajero”, comentó Adriana.
4 años después de las primeras denuncias, el panorama para Paula y los habitantes de Punta Canoa parece no haber cambiado demasiado. Tanta es la incertidumbre que Paula, junto con su familia, tuvo que mudarse a Brisas de Galicia, un barrio cerca de la universidad. Los buses siguen pasando llenos, los horarios continúan siendo inciertos y muchos pasajeros todavía deben terminar su viaje fuera del pueblo. Entre quejas, esperas y trayectos incompletos, la comunidad sigue adaptándose a un sistema de transporte que debería llevarlos hacia su hogar, pero que con frecuencia los deja a mitad del camino. Mientras tanto, la esperanza de un servicio digno sigue siendo una deuda pendiente para quienes dependen de esta ruta todos los días. Este medio trató de contactarse con la empresa PEMAPE y el DATT, pero no hubo respuesta.