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La Central: más allá de los muros

Créditos
Juliana Mancipe, Aura Henao, Laura Rojas y María José Fuentes.
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Lo que físicamente parecen fronteras, para Marlene se ha convertido en una excusa para hablar con sus vecinos, con los que frecuentemente sostiene conversaciones a través del muro. Un muro que divide y une al mismo tiempo. Como aquella vez que ella vio, por encima de la paredilla que conectaba su patio con otras cuatro casas, una silla de madera, vieja, robusta y con la pintura desgastada en el techo del lavadero de su vecina, Gladys, y pensó en preguntarle a su vecina si no quería la silla.

-¡Gladys! -gritó y se dirigió a ella una vez la vio- ¿Y esa silla? ¿La vas a usar?
-Hola, mujer. No, no la voy a usar ¿La quieres?
-Claro que sí.
-Bueno, te la regalo entonces ¿te la paso por la paredilla?

En ella, Marlene se sentaba todas las tardes a leer. El aprecio que le tenía a la silla iba más allá de lo material. Cuando iban a visitarla, le pedían que les regalara la silla, pero Marlene siempre se negaba, decía que no la cambiaba porque ahí era donde ella leía, era su silla para leer, durante más de 20 años. Era la silla que su vecina le había obsequiado.

 

La Central, encuentros cotidianos

 

A pesar de ser un barrio relativamente pequeño, en sus, aproximadamente, 40 años de historia, La Central, un barrio popular de la Localidad 3 ubicado entre Blas de Lezo, El Milagro y Los Caracoles, se ha caracterizado por la familiaridad de su comunidad, específicamente en el sector que rodea la estatua del Divino Niño, en el parquecito. Esta familiaridad se materializa de varias formas, y una de ellas son las interacciones que sus habitantes protagonizan a través de las paredillas que conectan los patios de la zona.

Aunque cada quien tiene su historia, tienen valores en común, y uno de ellos es la solidaridad y el compañerismo, como lo cuenta Marlene, una vecina del barrio que relata algunas de las experiencias que ha tenido alrededor de un testigo que, aunque pasa desapercibido, está presente en todas las casas e incluso vidas de las familias centraleras: la paredilla del patio.

 

Como empezó

 

En sus inicios, La Central era una invasión donde cada persona apartaba un terreno con $3.000 pesos de la época, lo que les permitía, aunque de manera informal, decir que ese terreno ya era suyo. Los lotes eran irregulares, huecos, piedras y demás, por los que tuvieron que vaciar relleno para estabilizarlos y poder construir sobre estos. En ese entonces, los límites de cada casa ya se habían establecido, y las calles también. No eran arquitectos, ni ingenieros, pero tenían conocimientos sobre albañilería y sabían cómo querían construir sus casas.

La solidaridad y la confianza se convirtieron en una necesidad, se transformaron en un elemento clave para el desarrollo del barrio. Sin saberlo, estaban creando una comunidad que más adelante se convertiría en la esencia colectiva del lugar.

 

Vecinos de buena fe

 

Ilustración: Aura Henao.

Seguramente, si sus vecinos aparecieran de la nada, asomándose por encima de la pared de su patio, se extrañaría por su imprudencia y cuestionaría el motivo de aquella inesperada presencia. Y lo más probable es que no se les ocurriría pensar que su vecino se asoma por buena fe, o para preguntarles cómo tal le fue en el trabajo o si es posible que les regale una guanábana de esas que crecen en su patio. En su lugar se alarmarían y cuestionarían los valores de su vecino: ¿Por qué está husmeando mi hogar? ¿será que me quiere robar?

En La Central esto, lejos de ser cierto, es una realidad. Es el caso de la señora Fabiola, una mujer de 80 años que tiene el hábito de asomarse por la paredilla que divide su patio y el de la señora Gladys, para ver quién está cerca y pasarle un poco de afrecho de coco para alimentar a los pollos, u ofrecer una tacita de café, preguntar por la cosecha de guanábanas o, en su defecto, establecer una conversación sobre algún tema trivial y medianamente importante para el desarrollo y actualización de la comunidad.

Hoy ha sido un día donde sí ha hecho calor, ¿verdad, Gladys?
Sí, señora Fabiola. Hasta las gallinas tienen calor, mire cómo abren las alas.

Es tanta su confianza que es normal verla observando en completo silencio, por algunos segundos, los patios ajenos, o preguntado por los otros integrantes de la familia de sus vecinos, quienes sienten curiosidad y ternura por las acciones de Fabiola. Esta costumbre también se refleja en varios hogares, como es caso de Marlene, quien atiende al llamado de sus vecinos cada que sus gallinas traspasan las tapias, como ella suele llamarle a las paredillas.

 ¡Marlene! Ven a coger a tu gallina, acá anda comiéndose mis matas. — dice Gregorio.
¡Otra vez!, ya voy a cogerla —menciona enojada.
Apúrate que estamos a 25 de diciembre y yo no perdono.
Cógela. Hazme el favor, pásamela por acá arriba.
¿Por la paredilla?
Ajá, ¿y por dónde más?

Marlene es testigo de las antiguas inconformidades entre Fanny y Gregorio, ambos adultos mayores, cuando las hojas secas del ahora inexistente palo de mango de azúcar de Fanny caían en el patio de Gregorio. Quien recogía el hojero que caía era él, el hojero que no era suyo en el patio que era suyo. Recogía las hojas del palo cuyas ramas traspasaban su muro, el muro de los dos y de los tres que compartían fronteras.

Pero Gladys también recogía, en su patio, las hojas del palo de guanábana de Gregorio. Y Marlene recogía las hojas del palo de guanábana de Gladys que también caían en el patio ajeno, y como Marlene no tenía árboles frutales, aprovechaba las guanábanas que caían del árbol de Gladys, y además recibía los olorosos mangos de puerco que Fabiola le daba cuando había cosecha.

De patio a patio

 

Ilustración: Aura Henao.

Sin embargo, los patios de La Central, que hasta hoy han sido un punto de encuentro frecuente entre vecinos, han sufrido cambios significativos con el paso del tiempo.

Hace más de 25 años, las paredes que separaban estos patios eran bajas y era posible ver a los vecinos en los otros patios. Aunque su principal función era la de delimitar el terreno, de una forma u otra, las paredillas también facilitaban la conexión entre diferentes familias y amigos. Sin embargo, la creciente inseguridad trajo consigo un impacto en la infraestructura de estos espacios, que motivó a la comunidad a levantar más las paredes o poner vidrios en la parte superior de estas para prevenir, entre otros, posibles robos.

Además de la modificación de la infraestructura, el advenimiento de la era digital también ha implicado cambios en estas prácticas de relacionamiento comunitario, principalmente en las generaciones jóvenes que habitan en el barrio.

Ahora, en lugar de conversaciones amenas en los patios, las nuevas generaciones suelen encontrarse más interesadas en la comunicación a través de dispositivos digitales, dejando en un segundo plano la comunicación cara a cara, o en este caso, de patio a patio. Las generaciones anteriores, quienes iniciaron este hábito, han envejecido o enfermado, y con esto, poco a poco, se está dejando atrás un legado que se desvanece lentamente.

La calma

 

Aún después de todo, la solidaridad y la camaradería en La Central es remarcable. Los patios son como ventanas abiertas a la vida de los vecinos, y si alguien necesita ayuda o simplemente quiere charlar, solo tiene que dar unos pasos hasta la paredilla y estará conectado con sus vecinos.  Es una forma de mantener viva la esencia de la comunidad. La Central demuestra que las antiguas tradiciones pueden ser un faro de luz en un mundo cada vez más rápido y digital.

 

* Este artículo hace parte del proyecto “La Esquina CTG” de la asignatura de Gestión de Contenidos Digitales del programa de Comunicación Social de la Universidad Tecnológica de Bolívar, escrita por Juliana Mancipe, Aura Henao, Laura Rojas y María José Fuentes.

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