De estudiar en la universidad pública a dirigir la comunicación de la Arquidiócesis de Cartagena, Katia Carbal ha superado grandes retos. En un entorno tradicionalmente de hombres, esta comunicadora rompe esquemas de 500 años con una historia de superación y el poder de su palabra.
Katia Carbal no es una mujer de gran estatura física, pero su determinación llena cualquier habitación en la que entra. Al verla en su oficina en la Curia de Cartagena, rodeada de la sobriedad institucional y la calma que precede a las decisiones estratégicas, es difícil imaginar que su carrera se forjó entre el barro de los territorios y el bullicio de una universidad pública.
Katia posee una mirada profunda y gestos serenos que denotan una capacidad de escucha poco común en la era del ruido informativo. Su voz no busca imponerse por el volumen, sino por la coherencia de quien ha caminado cada etapa que hoy supervisa. Como jefa de comunicaciones de la Arquidiócesis, rompe un esquema de casi 500 años: es la primera mujer en ocupar este puesto. Sin embargo, ella no se ve a sí misma como una figura de mando distante, sino como una facilitadora que conoce el valor del detalle. Ese es el «sello» que, según describe su mano derecha, Ana María, marca la diferencia entre una nota de prensa y un mensaje que realmente toca el corazón.
El camino de las cuatro de la mañana
El éxito actual de Katia no fue un regalo, sino una construcción de garra y sacrificio. Nacida en San Jacinto, Bolívar, su familia tuvo que desplazarse hacia Turbana debido a la crudeza de la violencia en los Montes de María cuando ella era apenas una niña. Esa experiencia de desplazamiento temprano sembró en ella una sensibilidad especial por las historias de quienes sufren en silencio.
Quienes la conocieron en 2011, cuando ingresó a Comunicación Social en la Universidad de Cartagena, recuerdan a una joven que emprendía un viaje diario desde las cuatro de la mañana para ser la primera en llegar a clase. «Yo no vine a hacer amigos ni a buscar novios, yo vine a estudiar», era su pensamiento en aquellos primeros semestres, consciente del esfuerzo que hacían sus padres para que ella se profesionalizara.
Fue un «ratoncito de biblioteca» que, a pesar de su introversión y de enfrentarse a los prejuicios de compañeros extrovertidos que la tildaban de «boba», nunca permitió que una materia se le escapara. Su competitividad no era contra los otros, sino contra los estigmas que dictan que una joven de pueblo tiene pocas oportunidades de llegar a la cima.
Este sueño nació frente a su madre, a quien le confesó desde muy joven que quería ser como esas periodistas que van a la guerra, movida por una sensibilidad temprana para escribir y contar historias. Mientras su madre temía por su vida, Katia ya visualizaba que su misión no era alimentar el morbo del conflicto, sino convertirse en una voz que transmitiera esperanza en medio del sufrimiento.
Su primera gran escuela fue Festicine Kids. Allí, pasó de ser una practicante que enseñaba apreciación cinematográfica en Pasacaballos a coordinar procesos que sacaban el cine de las aulas. Su legado incluyó el «Experimental Kids» y la categoría «LAAB», espacios creados para que el talento escolar y universitario no se quedara encerrado en cuatro paredes. Katia recuerda esta época con un brillo en los ojos que parece revivir la adrenalina de quien empezó desde cero; sus manos se mueven con una gracia inquieta, trazando líneas en el aire como si estuviera organizando ideas o encuadrando una escena.
El reto del temple
Sin embargo, el desafío que realmente probó su carácter fue el proyecto «Familias en su Tierra». Durante la pandemia, Katia lideró la comunicación para víctimas del desplazamiento en 14 municipios de Bolívar, Córdoba y Sucre, zonas golpeadas por el desplazamiento forzado y el reclutamiento ilícito. Allí se enfrentó cara a cara con las heridas abiertas del país.
«Tuvimos que reinventarnos», explica, al recordar cómo narró historias de esperanza a través de un teléfono cuando el contacto físico estaba prohibido. En ese tiempo conoció a la señora Dora, una modista que cosía vestidos con la ilusión de que su hija desaparecida regresara algún día y los reconociera. «Esa delicadeza con la información y el perdón que Dora sentía por quienes le arrebataron a su hija me marcaron como profesional y como ser humano», confiesa. Ese fue su «periodismo de guerra» simbólico, el que le enseñó que la comunicación, si no sirve para dar esperanza, no tiene propósito.
El 9 de febrero
La vida de Katia Carbal tiene un antes y un después del 9 de febrero de 2023. Mientras cuidaba a su madre en una clínica, enfrentando el dolor de verla partir, recibió la llamada que cambiaría su destino laboral: la oferta para ser jefa de comunicaciones de la Curia.
«Mi mamá falleció hoy», le respondió al vicario general cuando este le preguntó por la salud de su progenitora durante la llamada de contratación. En ese momento de crudeza absoluta, donde la vida personal y la profesional colisionaron, Katia entendió el mensaje de la Pascua que hoy predica: aprender a abrazar la cruz y continuar.
Entró a la Arquidiócesis no solo con sus títulos y maestría, sino con una fe probada por el fuego del duelo y una empatía que hoy vuelca en su equipo. Ana María la define como una líder que se preocupa genuinamente por sus colaboradores. Actualmente, maneja la estrategia de una institución milenaria con la misma sencillez con la que vendía trabajos en la universidad para ser independiente. Entiende que la Iglesia es la «empresa de comunicación más antigua», pero sabe que el reto actual es hacer que ese mensaje resuene en un mundo saturado y escéptico.
Un mensaje para los que vienen
Katia hoy mira a los futuros comunicadores con la autoridad de quien ha caminado por terrenos ásperos. Ante el estigma de que la comunicación es una carrera para «morirse de hambre», ella responde con la convicción de quien ha encontrado la plenitud. Para ella, la comunicación es un estilo de vida que permite amplificar las voces de quienes no tienen el megáfono para ser escuchados.
Su consejo para los estudiantes es directo: «Escuchen su voz interior y apaguen el ruido exterior». En un mundo saturado por la inteligencia artificial, Katia sigue apostando por lo que hace vibrar las estructuras emocionales, recordando que ninguna remuneración puede pagar la satisfacción de transformar una realidad a través de la palabra.