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Isaías Villalba: Donde la luz aprende a quedarse

Créditos
Daniela Lora y Joel Alvis, estudiantes de Comunicación Social de la UTB.

Descubre la historia de Isaías Villalba, el fotógrafo que transformó las dificultades del barrio El Pozón en un propósito de vida basado en el amor, la fe y la superación.

La puerta se abre con una mezcla de formalidad y calidez. Isaías Villalba nos recibe en la sala de su casa con una sonrisa serena, como quien ya ha aprendido a estar en paz con su historia. El espacio es amplio, tranquilo, con una luz que entra suavemente por la gran ventana e ilumina un sillón grande donde decide sentarse. Allí, en ese lugar que parece contener silenciosamente años de lucha y gratitud, comienza a hablar.

Isaías es de contextura delgada, piel trigueña y mirada profunda. No impone con su presencia, pero tampoco pasa desapercibido. Hay algo en su forma de estar que transmite equilibrio. Su lenguaje corporal es abierto, relajado; sus manos acompañan sus palabras con naturalidad. Habla sin pretensiones, con una cercanía que rompe cualquier barrera. No utiliza palabras complejas ni discursos elaborados. Su forma de hablar es sencilla, directa, humana. Es fácil entenderlo, pero más fácil aún sentirlo.

Mientras avanza la conversación, algo cambia. Cuando recuerda su niñez, su mirada se transforma. No es tristeza lo que aparece, tampoco resentimiento; es una mezcla extraña y hermosa de nostalgia, felicidad, amor y gratitud. Como si cada recuerdo, por difícil que haya sido, hoy tuviera sentido. Como si el dolor ya no pesara, sino que enseñara.

“Crecí en un ambiente hostil, lleno de muerte, de inseguridades, de drogas… de mucha escasez”, dice con una voz que no tiembla, pero que sí carga historia. El barrio El Pozón no fue un simple lugar de residencia: fue una escuela dura, donde aprender a vivir implicaba resistir. Allí, los sueños no desaparecían, pero sí parecían lejanos.

De niño quiso ser futbolista, pero ni siquiera eso era fácil. “Nunca tuve las condiciones… ni siquiera para comprar unos guayos”. Y, sin embargo, los consiguió. No nuevos, no perfectos, pero suyos. “Recuerdo que los compré en 2.000 pesos… y los cosía yo mismo”. Esa imagen de un niño cosiendo sus propios zapatos para poder jugar no es solo una anécdota, es una declaración de carácter.

Antes de la fotografía, su vida era —como él mismo la describe— “una vida joven, sin compromisos… pero también sin rumbo claro”. Probó muchos caminos: cantó en busetas con una guitarra al hombro, vendió frutas en la calle con una ponchera sobre la cabeza, tocó puertas ofreciendo postres. Cada experiencia, lejos de ser un fracaso, fue una pieza del rompecabezas que hoy lo define. “Ahí entendí que la vida era de sacrificio”, afirmó Isa, y no lo dijo desde la queja, sino desde la comprensión.

Mientras relata estos momentos, su postura cambia ligeramente. Se inclina hacia adelante, como si quisiera acercarnos más a su historia; pero cuando habla de la fotografía, su cuerpo se endereza. Sonríe. Su rostro se ilumina con orgullo, pero no un orgullo arrogante, sino uno tranquilo, satisfecho. Es el orgullo de quien sabe lo que ha costado cada paso.

Su primera cámara no fue profesional; era una cámara compacta, sencilla, pero representaba algo enorme: la posibilidad de empezar. La compró como había aprendido a conseguir todo en su vida: ahorrando poco a poco, con paciencia y disciplina. Antes de eso, había logrado comprar un computador portátil. También con esfuerzo, también desde cero. Sí, en esta historia no hubo atajos ni suerte repentina: hubo constancia.

“Yo empecé sin oportunidades… pero uno se reinventa posibilidades”, dice. Y en esa frase se resume gran parte de su vida.

Isaías no es solo fotógrafo: es docente de lenguaje, investigador judicial y fue músico en algún momento de su vida, pues su camino no ha sido lineal. Ha sido diverso, complejo, lleno de intentos; pero cada etapa ha dejado algo. Cada puerta cerrada lo obligó a tocar otra o a construirla.

Su fe es evidente, pero no impuesta. Se percibe en la forma en que habla, en la manera en que mira, en cómo entiende su trabajo. “La base de todas las cosas es el amor… si tú no tienes amor, no puedes reflejar ni a Dios”, afirma. Y no es una frase aprendida: es una convicción que se confirma en sus gestos, en su tono y en su coherencia.

Cuando habla de su trabajo, no lo describe como un oficio técnico; lo describe como una experiencia humana. “Capturar una foto de un momento especial… es ser como un arquitecto de esos momentos que esa persona nunca va a olvidar”. Sus palabras no buscan impresionar; buscan transmitir.

En un mundo donde muchas veces la imagen se usa para aparentar, Isaías la usa para sanar, para inspirar, para recordarle a alguien que su vida también tiene valor. “Hay personas que no tienen nada… pero una foto les puede hacer creer que pueden lograr muchas cosas”.

Y quizás por eso, cuando se le pregunta por el éxito, su respuesta no tiene nada que ver con dinero o reconocimiento público. “El éxito es cuando alguien te da una palmada y te dice: ‘qué bien lo has hecho’… o cuando alguien te escribe y te dice que quiere ser como tú”. Isaías no habla de números, habla de impacto.

Durante toda la entrevista mantiene una actitud cercana. Aunque al inicio fue formal, rápidamente se volvió conversacional, casi fraternal. No se coloca en un pedestal ni habla desde arriba; habla desde la experiencia y desde la autenticidad.

Si su vida fuera una fotografía, no sería una imagen perfecta ni idealizada. “Sería la foto de un niño feliz… con una sonrisa… una fotografía a color, con una nitidez increíble”. Y en esa descripción hay algo profundamente revelador: a pesar de todo lo vivido, lo que permanece es la alegría. No la ausencia de dolor, sino la decisión de no dejarse definir por él.

Al final, cuando se le pregunta por el sueño que aún le falta por cumplir, su respuesta cambia de tono. Se vuelve más suave, más íntima. “Quiero ser papá… porque siento que así podría volver a experimentar la felicidad que viví siendo niño”. No habla de metas profesionales, de expansión o crecimiento económico. Habla de volver al origen, de recuperar esa esencia que, a pesar de todo, nunca perdió.

La historia de Isaías Villalba no es solo una historia de superación; es una historia de transformación. De cómo un entorno difícil no necesariamente destruye, sino que puede formar. De cómo la escasez puede enseñar más que la abundancia. Y sobre todo, de cómo el amor, cuando es real, puede convertirse en el eje de toda una vida.

Porque al final, más allá de las cámaras, de los logros o del reconocimiento, Isaías ha aprendido algo esencial: que la verdadera luz no está en el lente, sino en la manera en que decides mirar la vida.

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