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Candelario Contreras: Una mano, dos ruedas y una vida que afrontar

Créditos
Yoryanis Perez Ahumedo y Stefanny Bohórquez Serrano, estudiantes del programa de Comunicación Social.
Candelario al frente de su vivienda en el barrio El Nazareno.// Foto: Stefanny Bohórquez.
Candelario al frente de su vivienda en el barrio El Nazareno.// Foto: Stefanny Bohórquez.

Candelario es un mototaxista que perdió su mano izquierda, pero no su capacidad de salir adelante. Con un sistema que él mismo inventó, conduce cada día y sostiene a su familia. Su historia atraviesa la violencia, la pobreza y el perdón.

La calle va en descenso y la moto acelera. No voy tranquila; voy alerta, con la mirada fija en sus movimientos o, mejor dicho, en su única mano. El hombre conduce con la derecha, firme sobre el manubrio, mientras que del lado izquierdo una cinta amarrada a su brazo y a la moto suple lo que falta. Cada cambio, cada giro y cada ajuste ocurre con una precisión que no da espacio al error; aun así, aprieto las piernas, contengo el aire y sigo cada movimiento, esperando un percance que no sucede.

A las cuatro de la mañana, cuando la ciudad aún bosteza entre la oscuridad y el primer ruido de los buses, Candelario Contreras Bastibas ya está en camino. No necesita alarma; su cuerpo parece haber aprendido con los años que quedarse en la cama no paga el arriendo ni llena la olla. Sale con paso firme, se monta en su moto y se dirige al puente de Turbaco, donde empieza a ganarse el día con las «carreras».

Antes de arrancar, realiza un movimiento que pasa desapercibido para quien no lo observa con atención: ajusta una especie de tela gruesa, una banda improvisada que él mismo ideó y a la que llama “el cloche”. La envuelve y la asegura en su brazo. No hay duda en sus movimientos; todo ocurre rápido, casi de forma automática, como si ese invento ya fuera parte de su cuerpo.

Con su camisa, pantalón, botas de seguridad y mangas de protección, recorre las calles bajo el sol imponente que lo espera en la ciudad amurallada. Candelario sale todos los días a ganar el pan para su mesa. Cuando habla, lo hace sin pausas, como si las palabras también tuvieran prisa, pero con una serenidad y fluidez que hipnotizan al escuchar su historia.

A simple vista parece un hombre cualquiera, pero al observarlo con detenimiento aparece el detalle que detiene la mirada: le falta la mano izquierda; sin embargo, a él parece no faltarle nada. Ajusta, mete “el cloche”, acelera y gira. Su cuerpo se inclina con la moto como si fuesen una sola estructura.

De vez en cuando, la gente lo graba a escondidas. “Como creyendo que no me doy cuenta”, dice Candelario con una sonrisa de oreja a oreja, mientras el sonido de un martillo resuena en el barrio. Cuando nota que lo graban y las personas intentan esconder el celular, él les brinda una sonrisa y les dice sin molestia:

—No se preocupe, no tiene por qué esconderse, grabe.

Mantiene el pulso firme sobre la moto y sigue su recorrido. No hay rastro de vergüenza; al contrario, lo cuenta con voz firme mientras me mira, evidenciando que su relación con la ausencia está resuelta hace tiempo.

Candelario en su vivienda colocándose «el cloche».// Foto: Stefanny Bohórquez.

La discusión

En 1996, Candelario trabajaba en albañilería. Vivía entre Cartagena y Mahates, Bolívar, el municipio que lo vio nacer. De lunes a viernes trabajaba para regresar los fines de semana a Mahates. “En ese momento ganaba plata”, afirma. Le gustaba la parranda, el ron y las mujeres.

“Ofaldo era amigo mío”, cuenta Candelario, ya con 54 años, evocando aquellos viajes al pueblo. “Aunque, pensándolo bien, más que amigos éramos conocidos: él vendía boletas y siempre me buscaba para que le comprara. Usted sabe, en el pueblo todo el mundo se conoce. Pero ese día fue la única vez que estábamos tomando juntos”.

En uno de esos fines de semana, Candelario invitó a sus amigos a una cantina. “Todos ellos estaban tomando a costa mía”, asegura con la mirada perdida, tratando de recordar. Bajo el efecto del alcohol, Candelario se acercó a Ofaldo para reclamarle algo. Dice no recordar el motivo exacto, pero en el municipio aseguran que estaba molesto y fue él quien lo encaró.

Ofaldo lo golpeó, causándole una pequeña fisura en la boca. Candelario, lleno de rabia porque nunca le habían sacado sangre, volvió a enfrentarlo. Sus acompañantes, lejos de calmarlo, lo instigaron a seguir discutiendo. Fue entonces cuando Ofaldo sacó su machete: “Él me tiró a la cara, pero yo metí la mano”.

Candelario quedó paralizado mientras sus supuestos amigos huían. Eran aproximadamente las dos de la mañana. En medio del shock, un amigo que pasaba por allí lo socorrió. En la ambulancia hacia Cartagena, Candelario no pensaba en el dolor, sino en cómo trabajaría para sostenerse en adelante. Mientras tanto, su madre lloraba al ver el rastro de sangre dejado en el lugar de los hechos.

Crecer sin tregua

Desde niño aprendió que la vida no daba tregua. Creció en la miseria, en una casa donde la comida escaseaba y el trabajo empezaba antes que los sueños. Vendía guineo, cebolla y tomate; a los 12 años ya conocía el peso de la responsabilidad.

“Siempre me ha gustado trabajar, ser independiente”, dice con firmeza. Esa dureza también venía del hogar. Mientras su padre estaba ausente por trabajo, su madre imponía una disciplina marcada por los golpes. “Yo recibí más maltrato porque era el más rebelde, pero también era el más útil, porque a los 12 años ya ayudaba a mi mamá”, relata con los ojos empañados y la voz entrecortada.

Su padre, en cambio, era pasivo y nunca le pegó. “Él me consentía porque yo era su único hijo varón”. Siendo el mayor de nueve hermanos, Candelario creció entre el trabajo y resentimientos que tardarían años en sanar.

Candelario listo para salir a trabajar.// Foto: Stefanny Bohórquez.

Después del accidente

En 2002 se mudó a Cartagena con su familia. El accidente fue su golpe más visible, pero no el único. Se adaptó trabajando en albañilería, pintura y ventas en bicicleta. Durante un tiempo repartió queso por las tiendas, pedaleando con carga junto a su hijo mayor.

Cuando el negocio del queso dejó de ser rentable, llegó al mototaxismo por necesidad. Compró la moto para que su hijo la manejara, pero un día, ante su ausencia, decidió intentarlo él mismo. Fue entonces cuando ideó el sistema para accionar el embrague con el muñón. Probó y falló muchas veces; la moto se le apagaba en semáforos y lomas, pero nunca desistió.

Hoy, más de 10 años después, el gesto es automático. “Lo que hace uno con dos manos, lo hago yo”, enfatiza. Aunque algunos pasajeros lo rechazan al notar su condición, otros lo buscan con confianza. En el puente de Turbaco se dice: “Váyase con el hermano Candelario, ese maneja bien”.

Tiene clientes fijos que valoran su servicio y el vínculo que crea con ellos. A veces, Candelario termina siendo el confidente de sus pasajeros. Recuerda a un hombre cabizbajo que, al ver cómo Candelario conducía a pesar de su discapacidad, le confesó: —Tú me acabas de levantar el ánimo a mí.

El perdón de su madre

Tras años cargando el resentimiento de una infancia dura, Candelario decidió acercarse a su madre de otra manera. No fue a reclamar, sino a hablar: “Vieja, quiero que me perdones”. Ella le reveló entonces su propia historia de maltratos profundos heredados de su abuela. Candelario la escuchó en silencio y la abrazó. Ese gesto cambió todo; la rabia dio paso a la comprensión y fue suficiente para seguir adelante.

Frente a frente con el pasado

Hoy en día, Candelario habla de Dios como su punto de quiebre. “El que tiene a Cristo lo tiene todo”, afirma con convicción. Ese cambio le permitió enfrentar al hombre que le quitó la mano.

Se encontró con Ofaldo años más tarde, de forma inesperada, mientras trabajaba. Aunque imaginó ese encuentro con sed de venganza, al tenerlo enfrente no sintió rabia. Se acercó, le extendió su única mano y lo saludó. Ante el miedo de Ofaldo, Candelario lo tranquilizó:

—No tengas miedo, yo no te voy a hacer nada. Estoy vivo, tengo una familia, soy feliz. Te perdono.

Incluso le recomendó acercarse a Dios. Tiempo después supo que Ofaldo había muerto. Para Candelario, lo importante ya había ocurrido: se había liberado.

La ciudad sigue su curso. Entre buses, polvo y calor, una moto se abre paso, en ella va un hombre que aprendió a no detenerse. Aunque muchos ven primero lo que le falta, basta seguirlo un par de cuadras para entender que su historia no se sostiene en la pérdida, sino en todo lo que decidió seguir haciendo con lo que le quedó.

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