La fortaleza familiar que brota en medio del conflicto armado

Un estudio realizado por la docente Elsy Domínguez, actualmente investigadora del programa de Psicología, arroja luces sobre los recursos afectivos de las familias desplazadas por el conflicto armado colombiano. Hallazgos oportunos en tiempos de posconflicto para entender aquellas narrativas de quienes aún en medio de la adversidad han logrado ser resilientes.

Por: María Alejandra Romero Solano, estudiante de los programas de Comunicación Social y Ciencia Política y Relaciones Internacionales UTB

En la vía que comunica el casco urbano de Sincelejo con el corregimiento La Peñata, se encuentra el sector Ciudadela de la paz: un conjunto de viviendas, construido por la Gobernación de Sucre en 1999, para darles hogar a quienes perdieron el suyo por la violencia. En este sector residen los Pérez*, una familia de antioqueños que, gracias a su unión, al apoyo de la comunidad que los acogió y a sus ganas de seguir luchando han sabido sobreponerse del horror de los alzados en armas.

Han encontrado en Sucre una tierra grata para vivir, a pesar del fuego cruzado del que ha sido epicentro este territorio de sabanas, de playas sobre el Golfo Morrosquillo, de rica gastronomía y de variados festivales musicales. Y aunque suene contradictorio, la capital del departamento, Sincelejo, se ha convertido en un verdadero refugio para las más de 17 mil familias desplazadas que como los Pérez llegaron allí buscando paz. Esa cifra ha hecho de Sincelejo una de las capitales colombianas con mayor índice de habitantes en situación de desplazamiento forzado.

Sucre ha sido uno de los departamentos más afectados por el conflicto armado en Colombia en los últimos 30 años. Su estratégica salida al mar, su relieve, sus vías terrestres y sus numerosas corrientes fluviales, han transformado este territorio en una zona apetecida para el narcotráfico, principal fuente de financiamiento de los grupos armados ilegales.

En esta región han confluido tanto la guerilla como los paramilitares. Los primeros llegaron en la década de los 80 a través de hombres del ELN y el EPL, y en los 90 con los frentes 35 y 37 de las Farc. Después, los grupos de autodefensas comenzaron a hacer presencia a mitad de los 90, inicialmente de la mano de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), y posteriormente, se consolidaron dentro de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) con los frentes Héroes de los Montes de María, Golfo de Morrosquillo y la Mojana. El fenómeno paramilitar, especialmente, tomó fuerza en el departamento por sus vínculos con el narcotráfico, por el apoyo que sus hombres recibieron de comerciantes y ganaderos presionados por la guerrilla, y de políticos con pretensiones de control territorial y enriquecimiento.

Las masacres que sufrió la población sucreña son parte de los estragos de ese conflicto. Las de Pichilín (1996), Colosó (1998) y Chengue (2001) son algunas de sus marcadas cicatrices. De hecho, el 32% de los habitantes del departamento son víctimas directas del conflicto armado, según estadísticas de la Unidad de Víctimas.

Para entender ese impacto de la violencia en el tejido humano de familias como los Pérez, la docente Elsy Domínguez, actualmente investigadora del programa de Psicología de la Universidad Tecnológica de Bolívar (UTB), lideró una investigación con 230 familias de Sincelejo, San Onofre, Corozal, Ovejas y Morroa, los cinco municipios de Sucre con mayor número de población desplazada.

El estudio, realizado entre 2012 y 2014, se propuso conocer las características de las relaciones entre padres e hijos en medio del desplazamiento, para comprender así los recursos familiares que pueden emerger durante la recuperación de hechos traumáticos. Y especialmente, en tiempos de posconflicto, no solo es necesario contar las historias de dolor y violencia, sino que resulta indispensable resaltar aquellas narrativas de familias y personas que aún en medio de la adversidad han logrado ser resilientes y encontrar esperanza en un país que les ha dado la espalda.

La historia de los Pérez

Los Pérez llegaron a Sincelejo en 1998, luego de vivir la traumática experiencia del secuestro de una de sus hijas. Juana*, la abuela y matriarca de la familia, le contó al equipo investigador que antes de llegar a Sincelejo vivían en Medellín, en un barrio donde delinquían milicias urbanas y otros actores armados ilegales.

Con la ayuda de un joven sociólogo habitante del barrio y la diócesis del sector, su esposo Marcos* y su hija comenzaron a organizar actividades culturales y a diseñar cursos para que los jóvenes no se metieran en ninguno de los bandos armados, una labor que les generó enemistades con las milicias.

Una mañana, desconocidos se llevaron a Mariana*, después de haberla bajado a la fuerza del bus en el que viajaba rumbo a su trabajo. Los secuestradores comenzaron a llamar a para darles pistas de dónde se encontraba su hija mayor, pero todas las señales resultaron falsas. Con el corazón en la mano, Juana y Marcos pidieron ayuda en la Defensoría del Pueblo. Durante tres días buscaron a Mariana por todo Medellín.

–Prácticamente la buscábamos día y noche– narró Juana recordando ese fatídico momento–, y ya cuando la encontramos fue en la salida para el Urabá en una parte que se llama Palmito. Mariana dice que ella llegó a una cabaña y le dijeron que corriera, ella corrió y cayó en un hueco.

Cuando se despertó en ese hueco, no tenía blusa, apenas el brasier y el pantalón, no tenía bolso ni nada. Empezó a correr y vio una casita donde estaban unas blusas colgadas y se cogió una camiseta de esas.

Estaba toda mareada y con hambre. Cuando empezó a bajar, empezó fue a rodar, hasta que la recogieron unos campesinos y la llevaron para un puestecito de comida que había en la carretera.

La Policía nos llamó a decirnos que había una muchacha, pero que no estaba vestida así como la habíamos visto la última vez. Igual fuimos a ver si de pronto era ella. Eso fue horrible, eso fue una cosa espantosa.

Luego de reunirse con su familia y de regresar a Medellín, Mariana duró ocho días en un lugar especial de protección, pero se fue de ahí porque no se sentía segura. Una amiga le había informado que dos hombres de chaqueta negra pasaban vigilando ese lugar. Mariana salió a escondidas de la casa de protección y lo primero que hizo, apenas regresó a su barrio, fue dirigirse a la iglesia.

–Entonces como a las nueve de la noche fueron a tocar la puerta para matarla a ella –recordó Juana, años después, con mucha más tranquilidad–. Apagamos el foco y al momentico esa gente empezó a tumbarnos la casa, no preguntaban sino por ella. Revisaron toda la casa y entonces les dije: ‘Buen hombre, ustedes saben que ella no está aquí’.

 Ellos dijeron: ‘Nosotros la vimos’.

‘Hombre se equivocaron porque ella no está aquí’, respondió Marcos.

Y yo les dije: ‘Mire nosotros nunca hemos tenido un mal comportamiento acá, lo único es que nosotros no somos amigos de ustedes porque no somos así. Nosotros no podemos estar en una parte donde están matando gente, nosotros no podemos hacer eso porque no está en nosotros. Me muero de pesar de solo pensar que van a matar una gallinita para comérsela, me muero de pesar”.

Juana miró a uno de los hombres y le dijo:

–Sé quién es el que está detrás de esa capucha. Nosotros fundamos el barrio, luchamos juntos y, ahora, ¿por qué estás en esto?, ¿por qué estás matando a los muchachos de acá del mismo barrio?

El hombre ignoró a Juana y le dio a ella y a su esposo un ultimátum: les dieron 48 horas para desocupar su casa y “largarse” del barrio.

Los Pérez se mudaron a otro sector de Medellín, pero solo resistieron un año más porque vivían a hurtadillas en su propia ciudad. Decidieron cambiar de región para mantenerse a salvo. Con ayuda de un señor que tenía una fábrica de calzado en Tolú, llegaron a Sincelejo con sólo “dos colchoncitos, unas bobaditas y la ropita”.

Estuvieron entre las primeras familias que habitaron Ciudadela de la paz. Allí vivieron por un tiempo en una casa alquilada. Trabajaron con el señor de la fábrica de calzado, quien meses después tuvo que mudarse de municipio y con ese cambio se quedaron desempleados.

Pero para Juana, una mujer que no deja que las adversidades le ganen, siempre hay esperanza. Se fue con su familia a vivir a Villa Katy. Allí empezó a trabajar como líder comunal y a entablar vínculos con las elites políticas de Sincelejo. Luego de hacerle campaña a la Gobernación de Sucre a un político que, años después terminaría condenado por parapolítica, consiguió una casa propia en Ciudadela de la paz, donde ella y el resto de su familia viven actualmente.

–Uno acá está muy tranquilo– dijo Juana al mencionar qué fue lo positivo de haber salido de Medellín–. Se acuesta uno calmado, no tiene uno como esa penuria de estar preocupado por la apariencia. ¡Ay no, qué pereza estar aparentando! Uno vive más pendiente del gusto de los demás que del gusto de uno.

Las conclusiones del estudio

Justamente esa adaptación de los Pérez a su nueva vida en Sincelejo le dio algunas pistas a la docente Elsy Domínguez sobre los recursos con los que cuentan las familias en situaciones al límite, para intentar dejar atrás los capítulos más dolorosos de su historia vital.

Estas son algunas de las conclusiones del estudio para entender de qué se valen las familias para recuperarse de situaciones traumáticas:

1. El papel protector de la madre en medio de la adversidad resulta clave para que la familia siga adelante: las mujeres en situaciones de riesgo despliegan sus recursos personales para afrontar las distintas tareas como lideresas de sus hogares o de sus comunidades, tal como le ocurrió a Juana.

Para Mariana, la hija mayor de Juana, no ha sido fácil vivir en Sincelejo. Todavía se está adaptando, aún años después de haberse mudado de Medellín, a su idiosincrasia. En parte le cuesta trabaja adaptarse por los problemas de confianza que le dejó su secuestro. Sin embargo, su familia, la figura de su madre y, especialmente su rol de mamá, han sido esenciales para seguir luchando y ser resiliente.

–Por ellos es que estoy aquí, por mis hijos, y le doy gracias a Dios que cuando eso pasó (luego del secuestro) nació Juan –dijo–. Él es mi vida, él me sacó de muchas cosas. Yo decía que me estaba muriendo.

2. Relatar a otras personas los hechos traumáticos resulta catártico y reconciliador y muestra la posibilidad de compartir el dolor con otras personas: en cambio, el silencio conlleva a la represión y a la indiferencia sin cuestionamientos y sin la posibilidad de reparar.

A Marcos el conflicto armado lo ha acechado desde niño: nació en una familia de liberales en medio de la hegemonía conservadora en tiempos de la violencia bipartidista). A pesar de las secuelas del conflicto (la muerte de tres de sus hijos y el secuestro de su hija), ha logrado encontrar tranquilidad. Y aunque le cause dolor recordar tantos hechos que afectaron a su familia, le ha resultado reparador y reconciliador contarle detalles de su historia a otras personas.

–Yo le digo una cosa, no es que olvide sino que uno hace de cuenta que metió todo en un baúl que cerró. Pero llega el momento en que ese baúl se abre y uno comienza a recopilar, a acordarse.

3. Existe una “fuerza interna” en las familias que impulsa a sus miembros a seguir luchando. Aunque la vida de Marcos ha estado llena de altibajos, sufrimientos y alegrías, esa “fuerza interna” lo ha mantenido en pie. Es esa convicción para afrontar la vida con fortaleza la que lo mueve hacia lugares en los que nunca pensó estar. En su vida siempre prima la determinación.

4. La violencia atrae más violencia: el estudio mostró que en muchas de las familias nace el síndrome de la venganza. Sin embargo, en la familia de los Pérez no ha germinado esa semilla. A pesar de todo lo que ha sufrido, Marcos manifestó que nunca le haría daño a otro ser humano, ni siquiera por venganza.

– Si yo mato a uno o a dos de ellos, 2 ó 3 de ellos me van a llegar a cascar a mí y a mi familia. Sigue el ciclo y Dios no me va a perdonar esto. Muchas veces le pido a Dios que no me dé plata, que no me dé fortuna, que me dé vida y salud para salir adelante.

5. En medio de todas las adversidades hay una fe profunda: uno de los componentes estudiados en la investigación fue la religión. Estas familias suelen sentir una fe profunda que les permite salir adelante en medio del dolor.

–Dios le da a uno como mucho coraje –mencionó Juana al recordar el día que llegaron a su casa y los obligaron a ella y los suyos a salir del barrio–, yo puedo decir que en ese momento yo no tenía miedo, ese es un privilegio que Dios le da a las mujeres cuando tenemos hijos.

6. Existen lazos solidarios entre los miembros de la familia y su red de apoyo: tanto Marcos como Juana están de acuerdo en que su vida ha mejorado desde que llegaron a Sincelejo. Aunque no tienen la misma estabilidad económica de sus años en Medellín, ahora sienten que su unión familiar es más fuerte. Justamente ese vínculo se ha convertido en su base lucha.

–Aquí se aprenden tantas cosas– comentó Juana–. Uno acá aprende a ser solidario, a que la gente se preocupe por uno, uno comparte la mesa con otros, a luchar por las cosas, a darle gracias a Dios porque le da el alimento. Es como un milagro porque uno no tiene un sueldo fijo acá y tiene para suplir las necesidades.

7. Estas familias suelen trazar planes para un futuro más prometedor: esos planes se convierten en el motor para seguir superándose a diario.

–De pronto lo que más queremos es arreglar la casa, acondicionarla bien –dijo Juana con mucho anhelo mientras pensaba en el futuro–, que esté bien bonita y de pronto montar un pequeño negocio, una dulcería como un negocito así más o menos, para que los muchachos trabajen en ellos.

Después comenzó a hablar de sus nietos.

–Los dos tienen ambiciones: a lo que terminen su bachillerato más o menos tienen definido lo que piensa hacer. Les va a tocar trabajar para poder estudiar. Eso sí lo tenemos muy claro como familia.

El estudio, además, resalta que si bien existe una capacidad de autogestión y de resiliencia entre las familias en situación de desplazamiento forzado, esa característica no exime a la sociedad o al Estado de su responsabilidad ante la pobreza, la exclusión o el desplazamiento. Por el contrario, advierte la investigadora, las fortalezas de las personas que han vivido la violencia evidencian la necesidad de un Estado más involucrado en los procesos de recuperación. De esta manera, muchas más familias como los Pérez podrán pensar no solo en construir un “negocito” sino en apostarle a un futuro en paz, lejos de la violencia.

*Nombres cambiados por seguridad.

Share via
Copy link
Powered by Social Snap